jueves, 5 de febrero de 2009

San Sebastián, El Pueblo está de Fiesta


A 100 metros y fuera del lugar de culto, la situación es distinta. El calor es amo y señor y a nadie parece importarle. ¡El pueblo está de fiesta y hay que celebrar! En la plaza todos se dieron cita, los niños tiraban las ropas de sus padres y los obligaban a pagar por una foto en el caballo de madera con San Sebastián de fondo, la misma escena que ellos protagonizaron hace más de 20 años.

Unos pasos más allá, los rancheros haciendo gala de sus mejores atuendos, entonaron las canciones que “hacen nata” en los campos chilenos, al más puro estilo de los charros mexicanos. Y en el otro extremo, los chinchineros incansables dando vuelta de un lado hacia otro, ante la mirada atenta de unos cuantos.

Al frente y fuera de la municipalidad, un señor por alto parlante no se cansaba de nombrar a los extraviados que eran esperados en el lugar por sus familiares o amigos, mientras unas señoras de vestidos largos trataban a toda costa de vender un recuerdo del mártir, con espigas y todo.

Aunque Carabineros hizo lo posible por alejar a los ambulantes del Santuario y del campo de oración, éstos se las ingeniaron para escapar de su mirada y ofrecían sus productos a pocos metros del lugar donde se desarrollaban las actividades religiosas.

Esta situación le preocupa al municipio y especialmente a su alcalde, Raúl Betancur, ya que éste se comprometió a sacar el comercio del sector, tras los incidentes de 1999, cuando el Arzobispado de Concepción intentó realizar la festividad en el predio San José del Espino, ubicado a unos ocho kilómetros de Yumbel, provocando la ira y el malestar de gran parte de la comunidad.

Los otros vendedores, los dos mil que pidieron permiso, se ubicaron en las cuadras establecidas por la municipalidad formando verdaderos mercados persas que nada tienen que envidiarle a los de Santiago.

Internarse en estas ferias no fue tarea fácil. Los productos eran variados, desde figuras y estampitas de San Sebastián, hasta ropa, menaje, discos compactos, artículos de belleza, sombreros, gafas, entre otros. Por cierto para los más chicos no faltaron las réplicas de sus héroes del momento.

No faltaron los yerbateros que ofrecían sus mercancías milagrosas para cualquier tipo de enfermedades, ni tampoco los mapuches vendiendo “agüita del agrio”. Es que esta celebración da para todo y precisamente ahí radica su gracia.

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